jueves, 1 de octubre de 2015

Foto analógica en la que sales encendiéndote un cigarro y tienes patillas de los años 70.

Fuerte, fuerte, más fuerte.
No dejes que el cerebro pueda contigo, no, él no, que tú eres más fuerte.
Fuerte, fuerte, fuerte, un poco más fuerte.
Puedes aguantar.

Y no nos decimos que nos queremos, y no nos decimos que esa es nuestra única verdad, y brilla, brilla, brilla.
Sabes que cada vez que te cojo la mano es para despegar de aquí.
Fuerte, un poco más fuerte.
Aguanta, ya queda menos para volar.
Sé que puedes ser feliz. 




Cuelgo el teléfono y me tiembla en la voz toda la tristeza que había escuchado en la tuya. Que estás cansado, lo sé. Claro que lo sé. Que no entiendes por qué tenemos que pagar los mismos siempre todo. Todo y nada. Pero los mismos.

Los mismos que os despertáis a las seis de la mañana y llegáis a casa a las 12 de la noche para cobrar un sueldo que no va a cubrir todos los gastos.

Los mismos que no os habéis rendido, que habéis salido de la cama cuando realmente no podíais, que habéis sido tan, tan valientes.

Has sido tan valiente.

Tantos años.

Tanto peso en tu espalda y tú todavía saliendo a las seis de la mañana de casa para construir el mundo. 

Y tú todavía saliendo a las seis de la mañana de casa para que las personas que quieres podamos vivir en ese mundo.

Y tú todavía saliendo a las seis de la mañana de casa para que el mundo, sea más mundo, menos tristeza.

Menos personas que no se merecen el poder.
Menos odio.
Menos injusticias. 
Menos no-conseguir-nuestros-sueños.

Claro que el dinero es importante pero
siempre pusiste en mis manos un libro,
me regalaste un cuaderno cuando te lo dieron a ti 
para trabajar en él,
para seguir construyendo un universo en el que podamos comer,
y me lo regalaste. 

Me regalaste excursiones eternas entre montañas, 
viajes en tren,
a solas, 
haciéndome sentir importante entre siete hermanos, 
enseñándome a usar la cámara analógica
o preguntándome sobre la última historia que leí.

Recuerdo nuestra última excursión 
-que realmente era una visita a la abuela antes de que muriera-
había nevado y caminábamos por las vías del tren que llevaba sin pasar desde hacía años.
Te contaba que me gustaba un chico y tú sonreías por dentro porque nunca de esa forma tan directa, tan sincera, habíamos hablado.
Te hablé sobre el sueño que se me repitió durante siete noches,
me dijiste que lo escribiera, 
y acertaste:
No lo volví a tener.

Siempre me he sentido un poco como tú
aunque me haya costado años reconocerlo
culpándote cuando era niña de que no estuvieras en casa
y lo único que hacías
era trabajar duro para que pudiéramos seguir viviendo en ella.

Que no me ha faltado de nada
que lo he tenido todo
porque hemos estado juntos.

Que otros niños tenían más vacaciones,
más regalos,
más comida especial,
pero no te tenían a ti.

No te tenían a ti saliendo como un héroe de cada ingreso del hospital

No te tenían a ti saliendo como un héroe cada día a las seis de la mañana de casa, para que el resto pudiera despegar.

Escucha:

te tomo el relevo.

Es el momento en el que tú puedas descansar,
ojalá te mires en el espejo
y sepas que en ningún momento hiciste nada mal,
que ahora ya eres un viejo
-desde el amor máximo-
que lo único que necesita es un rincón
en el que poder leer
y dejar de pensar. 

("Foto analógica en la que sales encendiéndote un cigarro y tienes patillas de los años 70" es una de esas cartas que escribimos y no damos en mano. De esas que tenemos atascadas en el pecho como flores abrazadas a la tierra)




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